domingo, 17 de enero de 2016

Y triturar mi corazón con ingredientes

Y mírate. Cómo sonríes en esta foto. Y lo bien que nos lo pasamos ese día. Cuánto me gustaba esa camisa. Qué nerviosa me puse cuando te vi esperándome. Y qué bonito ese abrazo que nos hizo cerrar los ojos. Y mira esta otra foto. Cuánto te gustaba a ti. Yo prefería esta otra. Qué bien olía tu colonia. Qué suave me cogiste de la mano. Cómo nos reímos esa tarde. Qué bien me lo pase esta noche. Qué casualidad que sonase esa canción. Cuánto te emborrachaste aquel día. Qué gracioso estuviste. Cómo me creí aquella broma. Qué ojos tan bonitos tienes. Vaya vértigo. Qué mal canto. Qué poco me importa. Cuántas veces no fuimos serios. Qué poco en serio. Qué bonita tu espalda. No pongas carita de pena. Cómo te tropezaste. Cómo me he tropezado. Cuánta gracia me hizo aquel chiste. Qué poco me gustan las despedidas. Cómo hemos crecido. Qué frío. Qué bonito aquel beso. Cómo lo has hecho. 


jueves, 14 de enero de 2016

Dicen que dicen

       Dicen que sigues donde siempre y que te va igual.
       Dicen que has engordado. 
       Dicen que todavía no has entendido el invierno.
       Dicen que no vas a cambiar [pero lo hiciste].
       Dicen que no has madurado.
       Dicen que no eres capaz.
       Dicen que el amor no es para ti.
       Dicen que no les gusta tu pelo.
       Dicen que no eres de fiar.
       Dicen que no les gusta cómo vistes.
       Dicen que ya no mientes igual de bien [mejor].
       Dicen
            que
                dicen.

jueves, 7 de enero de 2016

Love hurts but sometimes it's a good hurt

        La observó llorar.

       No había sabido mantener el equilibrio encima de la bicicleta y se había precipitado contra el asfalto.

       Ahora estaba sentada, con la pierna derecha estirada y la izquierda flexionada y rodeada por sus brazos, aquellos brazos que todavía no alcanzaban a abarcarlo por completo. Ella contemplaba cómo la piel de su rodilla se había abierto con la facilidad con la que se apartaban las cortinas del salón de su casa.
       
       Observó cómo empezaba a ponerse roja y cómo comenzaban a marcarse las venas y arterias de su cuello y su frente y la tormenta que se había formado en sus ojos era cada vez más fuerte.

       Rasgaba más y más su garganta con cada lágrima que caía en su rodilla, que la sal escuece.

       Y nada parecía capaz de consolarla, nada había capaz de hacerle creer que, en algún momento, esa herida dejaría de sangrar.



La observó llorar
y
fue entonces
cuando comprendió
cuánto

le


dolería



enamorarse.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Solo la ternura salvará el mundo

       La sensación de frío comienza a desaparecer de su piel entumecida, toda esa humedad que cae sobre sus hombros carece ya de cualquier importancia. Tampoco tiene sensibilidad en las manos y, para asegurarse de que sigue con ella, mira hacia abajo y la ve: el pelo oscuro algo revuelto y las mejillas todo lo sonrojadas que le permite su piel morena, parecen capaces de cortarte si las acaricias. Sin embargo, lo hace. Se agacha y, con el dedo pulgar de su mano derecha, le limpia una pequeña mancha de barro y siente llevarse con ella buena parte de su inocencia. Aunque no haya sido así, se siente culpable.

       Vuelve a erguirse y sus pies siguen el mismo camino que los demás. Inercia. El hambre parece estar rasgando su interior y el miedo se siente como todos los pares de pies de Occidente sobre su pecho. Pero no puede llorar y no es el momento para gritar.

       Y, aunque la noche está tranquila, la persigue el estruendo desgarrador de todos aquellos que no han podido huir.

       Piensa que tiene suerte. Pero han llegado a otra frontera. Está cerrada, por supuesto. Y, paradas delante de ella, muchas personas que visten un traje oscuro, se protegen con cascos y guardan sus prejuicios tras un escudo transparente. Como si ellos no quisiesen paz. Como si ellos no huyesen de una guerra. Como si aquellos soldaditos tan bien colocados no entendiesen que, para ganar esta partida, deberían abrazarlos a todos.

       El ambiente comienza a convulsionarse y se dan los primeros disturbios y se gastan las ganas de luchar en las filas más alejadas de la valla mientras que, en las filas más adelantadas, arde la rabia. La imagen consigue ulcerarle el corazón. Un poquito más.

       Pero recupera la sensibilidad en las manos, quizás porque ha vuelto a hervir su sangre, y nota cómo su pequeño tesoro intenta llamar su atención con unos suaves toquecitos sobre el reverso de su mano izquierda. Mira hacia abajo, es decir, la mira. Ve cómo ella le señala un pequeño charco que no está muy lejos y dispara, sí, dispara, su curiosidad:

-Mamá, ¿cómo han conseguido meter la Luna ahí dentro?

Y, llorando, se agacha a abrazarla.
Es el momento de gritar.



domingo, 13 de diciembre de 2015

Bon Nadal

          Barcelona. Es un día de diciembre con complejo de uno de mitad de marzo. Parada en la calle, apoyada en un escaparate. Está algo cansada. Son poco más de las seis de la tarde, pero ya ha oscurecido. Desde donde se encuentra, puede ver perfectamente cómo los operarios del Ayuntamiento colocan las luces. Ya no queda nada para Navidad. Este año también repetirá plan.
          Hoy hay mucha gente paseando por Rambla Cataluña, pero pocos son los que se detienen a hacer fotos, pocos son los que reparan en ella, pocos son los que se paran.
           Ella se ha fijado en ese niño pequeño que se ha quedado un poco rezagado y al que sus padres esperan un par de metros más adelante, y en aquella pareja que se quiere tanto, y en ese grupo de amigas que escuchan atentamente a la que está en el extremo de la izquierda y de repente se deshacen en carcajadas, y en ese chico joven que va en bicicleta y ha tenido que frenar porque una mujer despistada no se ha fijado en el carril, y en esa madre y su hija que salen de aquella tienda con un par de bolsas. Es muy observadora.
         Hoy no lleva bufanda, ni guantes. Y agradece que la temperatura acompañe. Aunque siempre le ha divertido exhalar con fuerza todo el aire de sus pulmones y que condense al instante.
              Su estómago le avisa. Pero sabe que la cena de hoy, igual que la de ayer, se hará esperar. Y empieza a contar. El día de hoy no ha sido muy productivo.
           Todavía con la cabeza agachada, escucha unos pasos acercarse. Levanta la vista. Es el niño pequeño de antes. Le ofrece una bolsa que llevaba entre sus manos:
-¡Bon Nadal!-le dice. Y vuelve con sus padres, que observan la escena a un par de metros.
          Ella abre la bolsa. Hay dos tabletas de turrón de chocolate, galletas, batido, un bocadillo caliente y una postal.
-Bon Nadal.-Susurra con el corazón inundado de ternura.
           

  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Crack

Llora. Rómpete. Explota.
Que yo ya me voy armando de paciencia para volver a pegar, uno a uno, todos tus trocitos.
Grita y agriétate. 
Que ya lavaremos con las canciones de siempre las heridas que queden abiertas y coserlas será tarea fácil si enhebramos con cuidado nuestras risas.
Deja que el miedo te destruya por dentro. Hazte la muerta. Que piense que ha ganado la partida.
Le daremos la vuelta al marcador en el último segundo. Factor sorpresa.
Sufre hipotermia, baila de frío.
Que yo ya voy tejiendo una manta de abrazos para este invierno que no avisó.
Tápate la cara con las manos.
Que pregunten los curiosos. Les diremos que el mundo no está preparado para asomarse a tus ojos. Que no lo intenten.
Aprieta los labios. Fuerte.
Que nos duela verte. Que sabremos que estarás sanando.
Deshazte en suspiros.
Que pueda notarte en el aire.
Pasa las noches en vela.
Que descifraremos en el techo las historias que nunca sucederán.
Ponle nombre al nudo de tu garganta.
Lo cuidaremos y lo sacaremos a pasear.
Vuelve a leer el libro más triste con el que te hayas encontrado.
Y vuelve a contarme el final, que yo te estaré escuchando.
Vuelve
a
hacer
crack.





miércoles, 4 de noviembre de 2015

Mariposas en el cuello

Tengo

mariposas en el cuello,

y es tan difícil disimular

cuando miras.



Tengo

un ejército de pestañas

con síndrome de abstinencia

si te callas.



Tengo

el amor en una maceta en el balcón

y le pongo tu risa

para que crezca.



Tengo

vértigo de tus párpados,

nunca estuve acostumbrada

a las alturas.



Tengo

mi centro de gravedad

esperando a que apuntes, dispares

y me tumbes.



Tengo

todos los años que nos quedan

esperando  que vengas

para irnos a celebrarlo.



Tengo

desnudez de sobra

para andar descalza

por tu cocina.



Tengo

mariposas en el cuello

y esta vez no quiero disimular

si me miras.