viernes, 27 de julio de 2012

Son tantas lunas las que te he llorado...

Que ya no importa nada. Que llegué a quererte y es con lo único que me quedo. Que también me encantaría quedarme con tus besos, con tus abrazos, con el olor de tu colonia, con la luz de tu sonrisa y con todos y cada uno de los remolinos que habitan en tu pelo. Que me gustaría quedarme contigo. Que me gustaría que te quedases conmigo. Aquí. Para siempre. Suena sencillo, ¿no? Sería demasiado fácil. Y es que parece que el amor y los obstáculos caminan de la mano. Aunque, si soy franca, creo que la magnitud de los inconvenientes la deciden las personas y sus ganas de quererse, de abrazarse, de besarse, de probarse, de morderse, de desayunarse, de comerse y de cenarse. El problema se presenta cuando para ti una persona siempre es el menú del día pero sin embargo ves que él continuamente pide la carta. Quizás no sea tu plato preferido, que sé que mi guarnición se compone de errores y defectos, pero quédate con lo principal, que te quiero y eso no lo sirven en cualquier restaurante. 

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