lunes, 9 de febrero de 2015

Qué mala suerte la de aquel gato negro, solo se cruzaba con desgraciados

Acaricia el lomo de aquel gato negro y percibe su dulce y melódico ronroneo. Se levanta del sillón, dejando el libro que tenía entre sus manos en la mesa, cambiándolo por una taza de café a la que da un largo sorbo de camino a la ventana. Está amargo y esta vez no ha sido un despiste, esta vez no ha olvidado el azúcar.
Contempla cómo el valle se abre a los pies de su casa iluminado a penas por unas cuantas estrellas valientes que resisten a la niebla y la luz del porche, en el que reside una hamaca que todavía no se ha atrevido a estrenar. Cierra los ojos para dar otro sorbo al café y cuando los abre, sorpresa, todo sigue igual.
Bueno, exactamente igual no,  Faraón se ha dormido al calor de la chimenea que chisporrotea sin interrumpir demasiado.
Apura la taza que deja en la mesa y decide que por hoy ya ha sido demasiado.
Acaricia muy suavemente la cabeza de Faraón para desearle unas buenas noches y abandona el salón.
En la entrada, coge su cazadora que imita a la piel de cualquier animal que él no estaría dispuesto a sacrificar para abrigarse, las llaves y sale casi sin hacer ruido.
La primera bocanada de aire condensa y él, como un niño divertido, expulsa otra para que siga el mismo camino que su compañera. Pero pronto recuerda que este invierno hace más frío que el anterior.

Y lo mucho que le gustaba a ella la libertad. Una casa con porches, con una hamaca donde poder leer tumbada al Sol, con flores de colores en las ventanas de la segunda planta, con vistas a la montaña. Y la libertad, cuánto le gustaba la libertad.

Por hoy ya ha sido demasiado fuerte y va a rendirse un rato, antes de acostarse en aquella cama que le queda grande para intentar dormir.

A ella no le gustaba Faraón y por eso se fue (o eso se obliga a creer). Por eso, ahora que Faraón no lo ve, ha decidido apretar la herida hasta que salga algo de pus.
Ella decía que daba mala suerte.
Se acerca a la hamaca, con paso lento, tan lento que se diría que no está avanzando. Pero lo está haciendo, y mucho.
Una vez tan cerca que podía tocarla, descubrió que en ella había pelos negros. Faraón.

Sonrió.

Entró en casa y él no se había enterado de nada.
Volvió a acariciarle el lomo.
-Tú no das mala suerte, amigo mío.

martes, 27 de enero de 2015

Mirror

Con todo lo que ocurre hoy en día no sabes si vienes o vas. Piensas que estás en el camino correcto y de repente esa línea se desvía. Y cuando habías encontrado todas las respuestas, cambian, sin precedentes, las preguntas. Y no hay nada que tú puedas hacer, pues giras atrás y ves tu sendero y el momento en el que se torció. Solo te queda avanzar, sin miedo, intentando no tropezar.
Pero es que, con todo lo que ocurre hoy en día, que no sabes si vienes o vas, ahora estás arriba y poco después te sientes caer. Y te cuesta levantarte, sacudirte el polvo y todo aquello que molesta. Y curarte las heridas no es nada fácil, por mucho que alguien se empeñe en lamértelas. Y una vez hecho todo eso, aprendes otra vez a caminar, quizás con un poco más de cuidado, quizás no.
Que no sabes si vienes o vas con todo lo que ocurre hoy en día. Y te buscas en el espejo pero no te encuentras y no sabes dónde cojones ha podido meterse la persona que eras ayer. Pero sabes con certeza que no volverá, jamás. Y sientes un pequeño trozo de ti desgranarse y te duele como cuando te separaste de tu madre por aquellas tijeras frías e insensibles.
Con todo lo que ocurre hoy en día, no sabes si vienes o vas, o si el viento te golpea por Levante o si, por el contrario, lo hace por Poniente. Que ni los malos son tan malos, ni los buenos lo son tanto. La confianza que construiste poco a poco, con toda tu dedicación, cae estrepitosamente en menos de un segundo. Y a vivir con eso.
Que ir y venir han perdido su significado con todo lo que ocurre hoy en día. Que hoy, ahora, estamos aquí y mañana, mañana ya veremos.
Con todo lo que ocurre hoy en día, que no sabes si vas o vienes o si ya has perdido el Norte y has invadido el camino de otro.
Y tenemos que vivir con todo lo que ocurre hoy en día, yendo, viniendo y parando cuando nos flaqueen las fuerzas, con todo lo que ocurre hoy en día.

domingo, 25 de enero de 2015

Game Over

-Tienes las manos frías.-Dijo mientras las estrechaba entre las suyas.
-Será este invierno que no avisa.-Sonrió.
El silencio se apoderó de ellos durante unos instantes, pero no molestaba.
-Te he echado de menos todo este tiempo.
-Y yo a ti.-Hizo una pausa tratando de meditar lo que iba a decir.-Pero de una forma distinta a como lo había hecho antes.
-¿Cómo lo has notado?-su corazón se hundió en las profundidades de su pecho, pero supo disimular.
-Porque ya no te necesito para sonreír. Me di cuenta de que eres totalmente prescindible.
-¿Eres feliz?
-Mucho. ¿Y tú?
-También. Así que vas echando de más lo que un día echaste de menos, ¿no?
Tardó en contestar.
-No es exactamente así.-Sonrió.-No lo echo de menos. Son cosas que están ahí y que algunas se acabarán yendo con el tiempo y yo ya no intentaré detenerlas, son parte del pasado, son pasado. Yo no voy a echarlas, pero no voy a impedirles que se vayan.
Soltó sus manos y estas recobraron la rojez causada por la frialdad del momento.
Inspiró lentamente y continuó diciendo:
-Llega un momento en el que te das cuenta de que has hecho demasiado por alguien, que el siguiente paso solo puede ser separarse. Dejarlo solo y alejarte. No es que estés renunciando o que no lo hayas intentado con suficientes fuerzas, no. Simplemente debes entender que has sobrepasado el límite de la determinación a la desesperación.
Sintió una punzada en el estómago. Sonreía y no se encontraba en su sonrisa. Notó que, por su parte, cualquier tipo de nostalgia había desaparecido, que se había abandonado al tiempo. 
Hacía un rato que solo hablaba ella:
-Voy a irme. Para siempre. Y no voy a mirar hacia atrás. Y no,-esbozó una sonrisa y clavó los ojos en sus ojos-no es una amenaza.
Se limitó a desviar la mirada al suelo.
Ella se levantó de aquel banco y, como había prometido, no giró la cabeza ni una sola vez.



sábado, 6 de diciembre de 2014

Tirar del carro o del trineo.

-Mamá, ¿por qué Papá Noel ya no visita nuestro barrio? ¿Por qué ya no nos deja regalos y no responde mis cartas? Sé que estuvo mal cortarle el pelo a mi hermanito y guardarlo después debajo de la almohada. Pero te juro, mamá, que después de eso no he vuelto a portarme mal, he sido buena en todo momento. ¿Por qué sigue enfadado conmigo?
-Mira, cariño, es un poco más complicado de lo que parece. Ven, siéntate aquí, sobre mis piernas y deja que te acaricie el pelo. Verás, hay varias razones que contestan a tu pregunta. La primera es que ahora hay muchos, muchos más niños que antes en todo el mundo, ¿sabes? Y Papá Noel tiene una única noche para repartir todos los regalos a los millones de niños y niñas, como tú, que hay en el mundo. Y él es solo uno, y por muchos renos que tiren de su trineo, el tiempo vuela para todos, cariño. Por eso, Papá Noel ha decidido llevar los regalos cada año a solo una parte del mundo y todavía no le ha tocado recorrer esta. Pero espero y deseo con todas mis fuerzas que algún día vuelva por aquí. Además, mi vida, el jefe de Papá Noel está empezando a ponerle límites. Sé que esto no lo entiendes, pero voy a intentar explicártelo de una manera un poco más sencilla. En el Polo Norte, donde vive Papá Noel, hace muchísimo frío, cariño, ahí está todo cubierto de nieve y, para entrar en calor, Papá Noel gasta mucho dinero en calefacción, ¿sabes? También tiene que alimentar a los renos, para que crezcan sanos y fuertes y puedan tirar sin problemas del trineo. Así que, a Papá Noel le queda muy poquito dinero para comprar tantos regalos, ¿sabes? Por lo que cada vez compra menos y por eso hay niños que algunos años se quedan sin regalos.
-¿Por qué lloras, mamá?
-Porque sé que a Papá Noel le duele no poder hacer feliz a niñas como tú, y eso me pone triste.
-No te preocupes, mamá, seguro que volverá.
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-¡¡¡Mira, mami!!! ¡Papá Noel vino anoche! Te dejó esto.
 -Sabía que volvería.

domingo, 29 de junio de 2014

Daría mi vida por morir a tu lado.

-¿Tienes miedo a la muerte?-para la sorpresa de él, ella terminó la pregunta con una sonrisa y, para añadir aquel toque de inocencia que tanto le hacía enloquecer, ella levantó los hombros esperando pacientemente una respuesta.
-Supongo que como todos los hombres, ¿no? Por todo eso de que esta vida es muy corta y algunos desesperanzados piensan que es la única y quizás por eso viven tan deprisa e incluso, para contradecirse, mueren jóvenes por sus ansias de vivir. 
-¿Y no crees que aquellos que viven rápido se piensan inmortales? Quizás por esta razón gastan toda su salud en menos años de los que en realidad les correspondería. Quizá ellos no tienen miedo a la muerte y la muerte se venga de ellos por eso.-Siempre sabía cómo darle la vuelta a las situaciones.
Él sonrió y pensó en la idea que ella acababa de plantearle.
-Y tú, ¿tienes miedo a la muerte?-la voz de él sonó fría e igual por eso salió acompañada de vaho en la oscuridad de la noche.
Ella meditó lo que iba a decir, escuchando como un eco lejano el ritmo acompasado de sus tacones y los latidos del corazón de él, que iban a contratiempo, desde el día en que se conocieron. Quizás por eso hacían tan buena pareja.
-No.
-¿No?
-No. Quizás antes de ti sí que lo tenía, la verdad es que no lo recuerdo. Pero, si alguna vez lo tuve, tú lo curaste. ¿Sabes por qué? Porque el amarte, el saberme en tu corazón, me hace sentirme inmortal.
Él sonrió. Joder, cómo la amaba...
-Pues yo sí que lo tengo. El pensar que es la única vida que podemos compartir me consume por dentro...
Ella se colocó justo delante de él, frenando su paso. El rostro de él era una mezcla entre seriedad, preocupación y nostalgia.
-Me valdría compartir una vida de cinco segundos mientras sea contigo.-Ella, tras pronunciar en un susurro aquella declaración de amor, se acercó muy lentamente a sus labios, como si no tuviesen prisa, como si fuesen inmortales.

jueves, 13 de marzo de 2014

Just write.

-Y tú, ¿por qué escribes?
La pregunta le parece ridícula. Nunca se lo ha planteado. Escribir es algo que le sale solo, una necesidad del alma. No recuerda lo primero que escribió, pero sí que lleva haciéndolo desde niña. Escribe para olvidarse de lo que la rodea y para recordar lo que es en realidad. Escribe para perderse entre las letras y para encontrarse a sí misma. Una de sus amigas quiere ser fisioterapeuta, otra, profesora. Ella, sin embargo, escribe. No sabe qué será en un futuro, pero sabe que seguirá escribiendo. Escribe para molestar y para dejar por escrito aquello que no se atreve a gritar. Escribe para gustar y para que la odien. Escribe cuando está triste. Escribe cuando está feliz. Escribe. Escribe para dejar huella. Escribe por necesidad. No sabe por qué escribe. Escribe para sobrevivir. Escribe para enamorar. Escribe cuando está enamorada. Escribe para desahogarse. Escribe para crear. Escribe por escribir. Escribe para ser leída. Escribe íntimamente para ella sola. Escribe cuando llora y escribe para hacer llorar. Escribe para protestar. Escribe para ser feliz. La pregunta, en verdad, es ridícula:
-Y tú, ¿por qué respiras?
 

sábado, 1 de marzo de 2014

Hoy el dolor se estrella en esta habitación

Sigilosamente, deja caer una de sus lágrimas suicidas al frío suelo embaldosado. Mira a izquierda y a derecha para ver si alguien ha oído a sus esperanzas chocar con el suelo. Nadie. Suspira. ¿Cómo es posible que nadie la haya oído? ¡Si lleva tanto tiempo gritando en su interior! Siente cómo se eriza su piel solo con recordar su imagen. Hace un intento de levantarse, pero sus piernas tiemblan y vuelven a fallarle. 
Otra vez, una vez más, vuelve a caer. Maldice el comienzo de todo esto. Recuerda sus falsas promesas y, ayudada de sus dedos, vomita todas sus mentiras. Limpia su boca con un trocito de papel higiénico y ve cómo sus esperanzas se van por el inodoro. Pensó que cambiando su físico y con un poquito de suerte, acabaría gustándole. ¿Qué más da que la báscula marque 32kg cuando su reflejo se sale del espejo? Ya ha tocado fondo muchas veces y no le gusta cómo sabe. Odia la acidez y el amargor que se pasean por su boca cada vez que cae. O, mejor dicho, cada vez que recae.
Sabe que hace daño a su familia y a sus amigos, y esa es la parte que más le duele. Es consciente de que ella también se daña, pero se siente mal cuando no lo hace. A él. A él le importa una mierda. Y sin embargo ella agoniza cada mediodía en aquel lúgubre baño.
Ya está. Todo va a terminar muy pronto. Ha decidido transformar todo su amor hacia él en amor propio. Hoy empieza a quererse. Y, esta vez, de verdad.