domingo, 12 de abril de 2015
Qué buen insomnio si me desvelo sobre su cuerpo.
Caminaba siempre hacia atrás,
y a contra corriente.
Y veía la lluvia caer a cámara lenta,
y el arco iris gritando en cada gota.
Volaba solo con mirar por la ventana
y aterrizaba únicamente para echarse a dormir.
Se bajaba las bragas
cuando la excitación se apoderaba de la parte izquierda de su pecho
(la más grande).
Y se arrancaba el tanga
cuando el amor se atrevía a despeinarla.
Y, en los besos, mantenía los ojos abiertos
solo para ver si el de enfrente los cerraba.
No vestía falda por miedo
a que el viento se pusiese.
Solo miraba hacia la derecha antes de cruzar,
porque había oído que andaba por ahí atropellando libertades.
Y en las curvas, en vez de acelerar, frenaba,
y llenaba de saliva la autopista
(que otros llamaban espalda)
por la que descendía directa al más profondo de los infiernos,
donde se encontraba,
y se abrasaba.
domingo, 29 de marzo de 2015
Mutilación
Y cuando Mario lo vio todo oscuro supo que ya se había acabado.
Que el amor entre los dos había llegado a su fin.
Que ya nunca más la volvería a sentir.
Que ya nunca más podría ser feliz.
El día en que la luz se apagó en la vida de Mario lucía el Sol.
El dolor se apoderó de Mario como si fuese la primera persona en la que se instalaba.
Y Mario rompió a llorar pensando en su futuro oscuro, vacío e incierto.
Porque bien es sabido que Mario sin ella no era nada.
Que Mario existía desde que la conoció.
Y que Mario se había entregado a ella, sin miedos, sin peros.
Y cuando se amaban, el cielo se quedaba pequeño para Mario.
Porque Mario había crecido de su mano.
Le entregó su niñez, su primer beso, su adolescencia, su primer amor y todos los años de madurez que pudo entregarle.
Porque el amor que Mario sentía hacia ella era incondicionado, sin supuestos. Era un amor para siempre y para todas las horas, cada día de su vida.
Incluso si en casa faltaba el dinero o si la salud escaseaba, el amor de Mario no cesaba.
Y se acentuó más en los momentos difíciles.
Y Mario se aferró a ella como solución a todos los problemas, aunque a veces ella fuese parte del problema.
A Mario no le importaba.
Mario nunca la había juzgado.
Por eso Mario no llegaba a entender cómo ella había podido abandonarle de esta forma.
Tan dolorosa.
Sin tan siquiera avisar con 15 días de antelación, para que Mario pudiese prepararse.
Y es que Mario no recordaba su primera palabra, ni sus primeros pasos.
Pero Mario sí recordaba lo primero que escribió.
Y lo mucho que le gustó la sensación que vino después del último verso.
Acababa de perder su virginidad textual.
Y es que el día que la luz se apagó en la vida de Mario, lucía el Sol.
Y Mario no pudo verlo.
No volvería a ver jamás.
Se extinguía así su actividad textual.
Que el amor entre los dos había llegado a su fin.
Que ya nunca más la volvería a sentir.
Que ya nunca más podría ser feliz.
El día en que la luz se apagó en la vida de Mario lucía el Sol.
El dolor se apoderó de Mario como si fuese la primera persona en la que se instalaba.
Y Mario rompió a llorar pensando en su futuro oscuro, vacío e incierto.
Porque bien es sabido que Mario sin ella no era nada.
Que Mario existía desde que la conoció.
Y que Mario se había entregado a ella, sin miedos, sin peros.
Y cuando se amaban, el cielo se quedaba pequeño para Mario.
Porque Mario había crecido de su mano.
Le entregó su niñez, su primer beso, su adolescencia, su primer amor y todos los años de madurez que pudo entregarle.
Porque el amor que Mario sentía hacia ella era incondicionado, sin supuestos. Era un amor para siempre y para todas las horas, cada día de su vida.
Incluso si en casa faltaba el dinero o si la salud escaseaba, el amor de Mario no cesaba.
Y se acentuó más en los momentos difíciles.
Y Mario se aferró a ella como solución a todos los problemas, aunque a veces ella fuese parte del problema.
A Mario no le importaba.
Mario nunca la había juzgado.
Por eso Mario no llegaba a entender cómo ella había podido abandonarle de esta forma.
Tan dolorosa.
Sin tan siquiera avisar con 15 días de antelación, para que Mario pudiese prepararse.
Y es que Mario no recordaba su primera palabra, ni sus primeros pasos.
Pero Mario sí recordaba lo primero que escribió.
Y lo mucho que le gustó la sensación que vino después del último verso.
Acababa de perder su virginidad textual.
Y es que el día que la luz se apagó en la vida de Mario, lucía el Sol.
Y Mario no pudo verlo.
No volvería a ver jamás.
Se extinguía así su actividad textual.
lunes, 23 de marzo de 2015
Y tú no estás en la terminal.
En la vida hay olores que te transportan a algún lugar remoto en el tiempo, o igual no tan remoto, pero ya pasado, y, cuando cierras los ojos e inspiras profundamente el olor para sentir lo que en su día sentiste cuando ese aroma invadía aquel lugar, aparece entre tus recuerdos una persona, o incluso varias.
Y es que hay olores, calles, canciones, fechas, fotografías e incluso palabras que en nuestra vida van a quedarse firmadas, con nombre y apellidos. Por mucho que no nos guste, por mucho que nos cueste. Por mucho que nos joda recordar algo que fue y ya no, y que posiblemente no será ya más.
Hay veces que, hasta los más románticos, ven marcada su propia ropa. Porque la llevaron aquel día tan especial. Porque la vistieron aquella noche tan triste.
Y, aunque no queramos darnos cuenta, se trata de esto.
Cada uno de nosotros somos una terminal con fecha de apertura y de cierre, aunque esta última sea una incógnita para la mayoría de nosotros, a la que, con suerte, no van a dejar de llegar viajeros que nos pisarán, nos ensuciarán, pero también nos enriquecerán en todas las manifestaciones posibles de la cultura y ampliarán nuestras fronteras.
Parte de ellos serán aves de paso, que no harán mucho ruido y que intentarán que su estancia sea lo más breve posible.
Solo aquellos lo suficientemente valientes serán capaces de quedarse. No digo para siempre. Simplemente quedarse un tiempo considerado para que, si al final deciden marcharse, nosotros hayamos firmado en su pasaporte.
Y las partidas, si son voluntarias, no son todo lo tristes que nos empeñamos que sean. Quiso irse, ¿no? Si los obligásemos a quedarse ninguno seríamos felices.
Las que más duelen son las inesperadas, aquellas en las que ambos habían encontrado su sitio y, por caprichos de la vida que jamás llegaremos a entender (y que si algún día entendemos nos habremos vuelto locos del todo), nos arrebatan de nuestra terminal a uno de nuestros viajeros más queridos. Aquellos viajeros de los que conocemos a la perfección el sonido de sus pasos y el traqueteo de los ruedines de su maleta. Aquellos viajeros de los que nos gusta y nos resulta agradable el sonido de sus pasos y el traqueteo de su maleta. Aquellos que eligieron nuestra terminal a pesar de las goteras emocionales y de las grietas del recuerdo.
Y es la ausencia de esos pasos y de esa maleta lo que nos duele, porque no estamos preparados para dejar de escucharlos.
Nosotros, inconscientemente, también pasaremos por una, varias o muchas terminales antes de dejar de viajar definitivamente, con todas sus consecuencias.
Debemos entender que cada uno de nosotros somos, a la vez, un punto de partida y un punto de llegada, que general y afortunadamente no coincidirán en la mayoría de los casos.
Y seremos el resultado de todos los souvenirs que nuestros viajeros dejen en nosotros.
sábado, 7 de marzo de 2015
Por si aún no te has enterado, esto no va de mirar.
Miranda vivía esperando algo.
No. Miranda no vivía esperando algo.
Miranda vivía esperando a alguien. Sí, eso es.
A alguien que acabase con todo el sufrimiento que cualquier otro alguien le había causado. A alguien que la abrazase y le dijese "Tranquila. He tardado, pero no pienso irme jamás." y que la besase dulcemente, cosiendo sus heridas para no volverlas a abrir nunca.
A alguien que no repitiese la misma historia de siempre. Miranda se había cansado del mismo guión. Miranda se había cansado de perder, incluso luchando sola. Y hasta el final.
Miranda vivía esperando a alguien que consiguiese hacerla sonreír cuando llorando, sorbiese por la nariz todas sus penas. A alguien que, después de calmarla, no la arrojase de nuevo a su desazón.
Miranda esperaba a alguien que le acariciase el pelo hasta quedarse dormida y, una vez en brazos de Morfeo, le diese un delicado beso, apenas perceptible y se sintiese afortunado al contemplarla.
A alguien que tuviese los cojones suficientes para quererla. Porque querer a Miranda no era fácil, pero merecía la pena.
Miranda esperaba a alguien que valorase los pequeños detalles que la hacían grande. Porque Miranda no era gran cosa, pero cuando se entregaba a alguien valía más que el amor de cualquier drama americano.
Miranda vivía esperando a alguien capaz de dar la vuelta al mundo solo para abrazarla por detrás. A alguien que nadase desiertos y corriese mares para frotar aquella mejilla calada de pequeños trocitos de afilado cristal y para limpiar aquel nudo de su garganta.
A alguien en cuyos ojos pudiese verse reflejada, incluso cuando ese alguien no la estuviese mirando.
Miranda esperaba a alguien que la apoyase en lo suyo, que todavía no sabía qué era. Pero daba igual.
A alguien a quien poder prestar ayuda. A quien poder prestar su vida.
Miranda vivía esperando a alguien que le hiciese el amor por las noches y amanecer con el Sol y sus caricias en la espalda.
A alguien con quien pasar un fin de semana en el sofá y no echar de menos nada.
A alguien lo suficientemente valiente como para querer alojarse en el caos de su cabeza y hacerlo a gusto.
Miranda vivía esperando a alguien que la sorprendiese y ser ella, por una vez, la sorprendida.
Miranda vivía esperando.
No. Miranda no vivía esperando algo.
Miranda vivía esperando a alguien. Sí, eso es.
A alguien que acabase con todo el sufrimiento que cualquier otro alguien le había causado. A alguien que la abrazase y le dijese "Tranquila. He tardado, pero no pienso irme jamás." y que la besase dulcemente, cosiendo sus heridas para no volverlas a abrir nunca.
A alguien que no repitiese la misma historia de siempre. Miranda se había cansado del mismo guión. Miranda se había cansado de perder, incluso luchando sola. Y hasta el final.
Miranda vivía esperando a alguien que consiguiese hacerla sonreír cuando llorando, sorbiese por la nariz todas sus penas. A alguien que, después de calmarla, no la arrojase de nuevo a su desazón.
Miranda esperaba a alguien que le acariciase el pelo hasta quedarse dormida y, una vez en brazos de Morfeo, le diese un delicado beso, apenas perceptible y se sintiese afortunado al contemplarla.
A alguien que tuviese los cojones suficientes para quererla. Porque querer a Miranda no era fácil, pero merecía la pena.
Miranda esperaba a alguien que valorase los pequeños detalles que la hacían grande. Porque Miranda no era gran cosa, pero cuando se entregaba a alguien valía más que el amor de cualquier drama americano.
Miranda vivía esperando a alguien capaz de dar la vuelta al mundo solo para abrazarla por detrás. A alguien que nadase desiertos y corriese mares para frotar aquella mejilla calada de pequeños trocitos de afilado cristal y para limpiar aquel nudo de su garganta.
A alguien en cuyos ojos pudiese verse reflejada, incluso cuando ese alguien no la estuviese mirando.
Miranda esperaba a alguien que la apoyase en lo suyo, que todavía no sabía qué era. Pero daba igual.
A alguien a quien poder prestar ayuda. A quien poder prestar su vida.
Miranda vivía esperando a alguien que le hiciese el amor por las noches y amanecer con el Sol y sus caricias en la espalda.
A alguien con quien pasar un fin de semana en el sofá y no echar de menos nada.
A alguien lo suficientemente valiente como para querer alojarse en el caos de su cabeza y hacerlo a gusto.
Miranda vivía esperando a alguien que la sorprendiese y ser ella, por una vez, la sorprendida.
Miranda vivía esperando.
Y la vida no espera a nadie.
viernes, 27 de febrero de 2015
Hey Soul Sister.
-Cuando me vaya voy a echarte mucho de menos.
-Aunque no sea tan amenudo, nos veremos. Estoy segura.
-Me costará mucho acostumbrarme a no verte por las mañanas, a no darte los buenos días. Me faltará tu carita de sueño, y tu nariz roja en invierno.-Rieron.-Echaré de menos los abrazos capaces de sanar cualquier herida, por profunda que sea. Y nuestras tardes, nuestro sentido del humor, nuestras conversaciones interminables. Y nuestros sueños, nuestros planes imposibles. Todo eso me hará mucho daño cuando me vaya. Y sé que la nostalgia se apoderará de mí cuando recuerde cada sonrisa, cada dolor de estómago causado por tanta carcajada, incluso cuando recuerde la más amarga de las lágrimas que haya salido de nuestros ojos. Todas las veces que has sido mi mayor apoyo y las veces que yo pude ser y fui el tuyo. Confesiones de cosas que solo tú y yo sabemos. Los secretos mejor guardados. Esto tan grande que hemos construido a base de paciencia y de querernos sin juzgarnos, sin prejuicios y sin tapujos. Hacernos mejores personas. Reírnos cuando nadie más encuentra la gracia al chiste. Conocernos mejor que nadie, confiar como en nadie. No quiero dejar todo esto atrás.
-No lo dejaremos. Estaré aquí para cuando vuelvas. Y será como siempre y seremos como nunca. De eso trata esto, ¿no? De crecer juntas pese a todo.
Se abrazó a aquellos ojos azules que caminaban a su lado.
"Si la distancia es el olvido,
haré puentes con tus abrazos.
Pues lo que tú y yo hemos vivido
no son cadenas, ni siquiera lazos;
es el sueño de cualquier amigo,
es pintar un 'te quiero' a trazos
y secarlo en nuestro regazo."
sábado, 21 de febrero de 2015
Componiendo
-Deja de cantar esa estúpida canción.
Hizo una pausa para sonreír y abrazarlo por la espalda, y siguió la serenata, pero esta vez más bajito y a su oído.
Él sacó una bandera blanca como la voz de ella y se rindió a las palabras que resbalaban en sus labios para más tarde acariciar su oreja y estremecer su interior.
Cerró los ojos y, siguiendo el compás de aquella banda sonora, comenzó a besar los brazos de ella.
Decidieron introducir una pausa dramática y se besaron como si nunca antes se hubiesen besado. Y esos son los mejores besos.
Sus corazones latían estrepitosamente en todos y cada uno de los rincones de sus cuerpos. Aquel boom-boom podía oírse a dos manzanas de distancia. O incluso tres.
Se despojaron de Zara, de Springfield y de alguno más.
Él vio la entrada al Paraíso cuando ella separó sus rodillas.
Y no hubiese sido de buen gusto rechazar la invitación.
Entró.
Los dedos de ella se posaron en su espalda y se contraían y se relajaban como si acariciase las teclas de un piano.
Ella hacía los agudos y él, la acompañaba por lo bajo.
La barbilla de ella se sentía vibrar cuando él conseguía el tempo perfecto.
Al final, ambos entonaron, a la vez, la misma nota.
-Acabamos de escribir la canción más bonita del mundo.-Le dijo.
Hizo una pausa para sonreír y abrazarlo por la espalda, y siguió la serenata, pero esta vez más bajito y a su oído.
Él sacó una bandera blanca como la voz de ella y se rindió a las palabras que resbalaban en sus labios para más tarde acariciar su oreja y estremecer su interior.
Cerró los ojos y, siguiendo el compás de aquella banda sonora, comenzó a besar los brazos de ella.
Decidieron introducir una pausa dramática y se besaron como si nunca antes se hubiesen besado. Y esos son los mejores besos.
Sus corazones latían estrepitosamente en todos y cada uno de los rincones de sus cuerpos. Aquel boom-boom podía oírse a dos manzanas de distancia. O incluso tres.
Se despojaron de Zara, de Springfield y de alguno más.
Él vio la entrada al Paraíso cuando ella separó sus rodillas.
Y no hubiese sido de buen gusto rechazar la invitación.
Entró.
Los dedos de ella se posaron en su espalda y se contraían y se relajaban como si acariciase las teclas de un piano.
Ella hacía los agudos y él, la acompañaba por lo bajo.
La barbilla de ella se sentía vibrar cuando él conseguía el tempo perfecto.
Al final, ambos entonaron, a la vez, la misma nota.
-Acabamos de escribir la canción más bonita del mundo.-Le dijo.
lunes, 9 de febrero de 2015
Qué mala suerte la de aquel gato negro, solo se cruzaba con desgraciados
Acaricia el lomo de aquel gato negro y percibe su dulce y melódico ronroneo. Se levanta del sillón, dejando el libro que tenía entre sus manos en la mesa, cambiándolo por una taza de café a la que da un largo sorbo de camino a la ventana. Está amargo y esta vez no ha sido un despiste, esta vez no ha olvidado el azúcar.
Contempla cómo el valle se abre a los pies de su casa iluminado a penas por unas cuantas estrellas valientes que resisten a la niebla y la luz del porche, en el que reside una hamaca que todavía no se ha atrevido a estrenar. Cierra los ojos para dar otro sorbo al café y cuando los abre, sorpresa, todo sigue igual.
Bueno, exactamente igual no, Faraón se ha dormido al calor de la chimenea que chisporrotea sin interrumpir demasiado.
Apura la taza que deja en la mesa y decide que por hoy ya ha sido demasiado.
Acaricia muy suavemente la cabeza de Faraón para desearle unas buenas noches y abandona el salón.
En la entrada, coge su cazadora que imita a la piel de cualquier animal que él no estaría dispuesto a sacrificar para abrigarse, las llaves y sale casi sin hacer ruido.
La primera bocanada de aire condensa y él, como un niño divertido, expulsa otra para que siga el mismo camino que su compañera. Pero pronto recuerda que este invierno hace más frío que el anterior.
Y lo mucho que le gustaba a ella la libertad. Una casa con porches, con una hamaca donde poder leer tumbada al Sol, con flores de colores en las ventanas de la segunda planta, con vistas a la montaña. Y la libertad, cuánto le gustaba la libertad.
Por hoy ya ha sido demasiado fuerte y va a rendirse un rato, antes de acostarse en aquella cama que le queda grande para intentar dormir.
A ella no le gustaba Faraón y por eso se fue (o eso se obliga a creer). Por eso, ahora que Faraón no lo ve, ha decidido apretar la herida hasta que salga algo de pus.
Ella decía que daba mala suerte.
Se acerca a la hamaca, con paso lento, tan lento que se diría que no está avanzando. Pero lo está haciendo, y mucho.
Una vez tan cerca que podía tocarla, descubrió que en ella había pelos negros. Faraón.
Sonrió.
Entró en casa y él no se había enterado de nada.
Volvió a acariciarle el lomo.
-Tú no das mala suerte, amigo mío.
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