Lo miré como tantas otras veces había hecho.
Me recreé en ello buscando algo que lo salvase;
Esperanza buscaba algún recoveco sobre su piel para instalarse.
Pero entendí que así no sería.
Que su labio ya no respondía suspirando a mis suspiros,
que ya no había primavera, ni poesía.
Que ya no clavaba su pupila en mi pupila daltónica,
que yo ya no saciaba su curiosidad con un tú.
Que había enmudecido la lira,
falta de asuntos,
que ya solo desafinábamos,
y nos dañábamos los oídos.
Que si hubiese leído un poco,
sabría que de nada sirve
fingir risas que se desmienten
con los ojos.
Que Bécquer se había fugado,
con aquellas golondrinas que jamás volverían a nuestro balcón,
porque nunca estuvieron.
martes, 16 de junio de 2015
lunes, 25 de mayo de 2015
Love is the only way
-¿Has cogido las llaves?
-¡Sí!
-¿Y el cargador del móvil?
-También lo llevo conmigo.
-Acuérdate de la botella de agua, por si te entra sed durante el viaje.
-¿Dónde está?
-La metí anoche en la nevera.
Manuela sale de su cuarto arrastrando una pequeña maleta a la que poco le falta para abrirse de golpe y empezar a vomitar calcetines. Se escucha el ruido suave del roce de los ruedines de silicona con el parquet. Ya en la cocina, coge el botellín de agua de la nevera y la mete en su bolso. Se coloca sus gafas de Sol, que hace un segundo estaban sujetándole el pelo, que queda ahora revuelto.
-¡Eres la mejor, mamá!-Le da un beso en la mejilla y se dirige a la puerta.
-¡Llama cuando llegues!-escucha estas palabras justo antes de salir de su casa.
Hoy luce el Sol, no hay nubes. El pelo de Manuela comienza a clarear como cada mes de junio. Llega a la esquina donde ha quedado con Cori y ve su coche aparecer al final de la calle. Se acerca a la carretera y esconde el asa de su maleta para meterla en el vehículo. Cori sale a ayudarla y una vez con el equipaje ya cargado, se besan cariñosamente.
Entran en el coche y Manuela coge de la guantera un CD algo viejo pero que la vuelve loca, lo pone en el reproductor y sube el volumen.
-¿Qué tal has dormido?
-Casi no he dormido, ¡estaba muy nerviosa!
Cori esboza una media sonrisa.
Se conocieron en un concierto hace nueve meses. Manuela había ido con sus amigas para celebrar su cumpleaños y Cori había ido con algunos compañeros de clase. Tenían amigos en común y no les hizo falta nada más.
Manuela mira a Cori conducir y no puede evitar sentirse feliz. Van a la playa. Sus primeras vacaciones. Baja la mirada y, desde los pedales, repasa las piernas de Cori hasta llegar a su cintura, para acabar con los ojos clavados en su cuello: donde siempre empieza el juego.
Cori lo nota y, por un segundo, aparta la vista de la carretera para dirigirse a Manuela:
-Duérmete, anda, aún tenemos un largo viaje por delante.
Manuela se descalza, cruza las piernas, las coloca sobre el asiento y cierra los ojos.
Comienza a pensar.
Les ha explicado a sus padres que Cori es un diminutivo de César, que lo llaman así desde que era muy pequeño. Les ha hablado de los preciosos ojos azules de Cori y de lo alto que es. También les ha contado que juega en un equipo de fútbol y que está haciendo pruebas con otros tantos. Les ha comentado que, cuando salen de fiesta y a ella le empiezan a doler los pies por los tacones, Cori siempre le ofrece sus zapatos y que cuando van al cine nunca se queja si ven algún film romántico.
Ahora, abre los ojos por un instante y mira a su izquierda. Y ve a Cori. A su Cori, que es diminutivo de Coral. Y a los preciosos ojos azules que Cori tiene. Es portera en un equipo de fútbol y tiene alguna oferta de otros clubes (nada que vaya a solucionarle la vida, pero por lo menos reconocen su talento), aunque Manuela sabe que a Cori le costaría mucho marcharse de su equipo actual, pues lleva muchos años jugando con sus compañeras y eso deja huella. Es alta, cuando van a besarse, los ojos de Manuela quedan siempre a la altura de la boca de Cori y le encanta repasar el contorno de esos labios. Es cierto que cuando Manuela ya no soporta sus tacones, Cori le cambia sus zapatos aunque no esté acostumbrada a incrementar su altura. Y nunca tienen problemas a la hora de escoger una película.
Manuela, hija de Guardia Civil y de funcionaria, sigue buscando las palabras adecuadas para describir a Cori, a su Cori. Y espera que, en este viaje, el mar se las susurre a través una caracola.
-¡Sí!
-¿Y el cargador del móvil?
-También lo llevo conmigo.
-Acuérdate de la botella de agua, por si te entra sed durante el viaje.
-¿Dónde está?
-La metí anoche en la nevera.
Manuela sale de su cuarto arrastrando una pequeña maleta a la que poco le falta para abrirse de golpe y empezar a vomitar calcetines. Se escucha el ruido suave del roce de los ruedines de silicona con el parquet. Ya en la cocina, coge el botellín de agua de la nevera y la mete en su bolso. Se coloca sus gafas de Sol, que hace un segundo estaban sujetándole el pelo, que queda ahora revuelto.
-¡Eres la mejor, mamá!-Le da un beso en la mejilla y se dirige a la puerta.
-¡Llama cuando llegues!-escucha estas palabras justo antes de salir de su casa.
Hoy luce el Sol, no hay nubes. El pelo de Manuela comienza a clarear como cada mes de junio. Llega a la esquina donde ha quedado con Cori y ve su coche aparecer al final de la calle. Se acerca a la carretera y esconde el asa de su maleta para meterla en el vehículo. Cori sale a ayudarla y una vez con el equipaje ya cargado, se besan cariñosamente.
Entran en el coche y Manuela coge de la guantera un CD algo viejo pero que la vuelve loca, lo pone en el reproductor y sube el volumen.
-¿Qué tal has dormido?
-Casi no he dormido, ¡estaba muy nerviosa!
Cori esboza una media sonrisa.
Se conocieron en un concierto hace nueve meses. Manuela había ido con sus amigas para celebrar su cumpleaños y Cori había ido con algunos compañeros de clase. Tenían amigos en común y no les hizo falta nada más.
Manuela mira a Cori conducir y no puede evitar sentirse feliz. Van a la playa. Sus primeras vacaciones. Baja la mirada y, desde los pedales, repasa las piernas de Cori hasta llegar a su cintura, para acabar con los ojos clavados en su cuello: donde siempre empieza el juego.
Cori lo nota y, por un segundo, aparta la vista de la carretera para dirigirse a Manuela:
-Duérmete, anda, aún tenemos un largo viaje por delante.
Manuela se descalza, cruza las piernas, las coloca sobre el asiento y cierra los ojos.
Comienza a pensar.
Les ha explicado a sus padres que Cori es un diminutivo de César, que lo llaman así desde que era muy pequeño. Les ha hablado de los preciosos ojos azules de Cori y de lo alto que es. También les ha contado que juega en un equipo de fútbol y que está haciendo pruebas con otros tantos. Les ha comentado que, cuando salen de fiesta y a ella le empiezan a doler los pies por los tacones, Cori siempre le ofrece sus zapatos y que cuando van al cine nunca se queja si ven algún film romántico.
Ahora, abre los ojos por un instante y mira a su izquierda. Y ve a Cori. A su Cori, que es diminutivo de Coral. Y a los preciosos ojos azules que Cori tiene. Es portera en un equipo de fútbol y tiene alguna oferta de otros clubes (nada que vaya a solucionarle la vida, pero por lo menos reconocen su talento), aunque Manuela sabe que a Cori le costaría mucho marcharse de su equipo actual, pues lleva muchos años jugando con sus compañeras y eso deja huella. Es alta, cuando van a besarse, los ojos de Manuela quedan siempre a la altura de la boca de Cori y le encanta repasar el contorno de esos labios. Es cierto que cuando Manuela ya no soporta sus tacones, Cori le cambia sus zapatos aunque no esté acostumbrada a incrementar su altura. Y nunca tienen problemas a la hora de escoger una película.
Manuela, hija de Guardia Civil y de funcionaria, sigue buscando las palabras adecuadas para describir a Cori, a su Cori. Y espera que, en este viaje, el mar se las susurre a través una caracola.
viernes, 1 de mayo de 2015
You were right, Dad.
Su padre se lo había dicho tantas veces, que sus palabras se habían convertido en un eco bastante molesto que había decido instalarse en su cabeza: <<No andes con las manos en los bolsillos>>.
Le explicaba que, si caminaba así y tropezaba, no sería capaz de parar la caída. Y todos sabemos que las encías sangran mucho y con demasiada facilidad.
Pero a Émi le encantaba andar en pijama, zapatillas y con las manos en los bolsillos para sentirse cómoda.
Entendió las palabras de su padre con algo más de veintidós años y medio pero menos de veintitrés.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------
Las manos en los bolsillos para resguardarse del frío y de la niebla que caía sobre el césped del parque.
Arqueó sus ojos para sobreponerse a esa miopía que todavía estaba asimilando y, tras un pequeño esfuerzo, lo vio. Llevaba las manos rojas, sin guantes ni bolsillos.
Émi se acercó sonriendo bajo el gorro de lana que impedía que el poco calor que era capaz de mantener en su interior se escapase por su cabeza.
Se besaron levemente y comenzaron a caminar a la par.
Él la rodeó con uno de sus brazos para mantenerla cerca.
-¿Qué te apetece hacer hoy?
-No lo sé, lo que tú quieras, Émi.
-Últimamente me dejas a mí las decisiones, ¿eh?-sonrió. Estaba tan cómoda con él.
-Siéntete afortunada.
[...]
-Hace tiempo que te lo pregunto y tu respuesta todavía no me convence, ¿va todo bien?
-Sí...¿Por qué lo preguntas, Émi?
-Estamos distintos. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos que, supongo son necesarios. Y ahora estamos bien, pero solo cuando nos vemos. El resto del día, o de los días, es todo totalmente diferente. Estás distante. Sí, eso es, estás distante.
El silencio es la peor respuesta en estos casos.
-Entonces...¿Ya está? ¿Vamos a rendirnos ahora?
Silencio de nuevo.
Émi volvía a decidir.
Él se marchó y la niebla caló el corazón de Émi. Y sus huesos. Y sus bolsillos.
Comprendió entonces que, cuando la comodidad se instala en el amor, la caída es inevitable.
Y la comodidad sorprendió a Émi con las manos en los bolsillos.
Y sus encías sangraron como nunca.
Le explicaba que, si caminaba así y tropezaba, no sería capaz de parar la caída. Y todos sabemos que las encías sangran mucho y con demasiada facilidad.
Pero a Émi le encantaba andar en pijama, zapatillas y con las manos en los bolsillos para sentirse cómoda.
Entendió las palabras de su padre con algo más de veintidós años y medio pero menos de veintitrés.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------
Las manos en los bolsillos para resguardarse del frío y de la niebla que caía sobre el césped del parque.
Arqueó sus ojos para sobreponerse a esa miopía que todavía estaba asimilando y, tras un pequeño esfuerzo, lo vio. Llevaba las manos rojas, sin guantes ni bolsillos.
Émi se acercó sonriendo bajo el gorro de lana que impedía que el poco calor que era capaz de mantener en su interior se escapase por su cabeza.
Se besaron levemente y comenzaron a caminar a la par.
Él la rodeó con uno de sus brazos para mantenerla cerca.
-¿Qué te apetece hacer hoy?
-No lo sé, lo que tú quieras, Émi.
-Últimamente me dejas a mí las decisiones, ¿eh?-sonrió. Estaba tan cómoda con él.
-Siéntete afortunada.
[...]
-Hace tiempo que te lo pregunto y tu respuesta todavía no me convence, ¿va todo bien?
-Sí...¿Por qué lo preguntas, Émi?
-Estamos distintos. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos que, supongo son necesarios. Y ahora estamos bien, pero solo cuando nos vemos. El resto del día, o de los días, es todo totalmente diferente. Estás distante. Sí, eso es, estás distante.
El silencio es la peor respuesta en estos casos.
-Entonces...¿Ya está? ¿Vamos a rendirnos ahora?
Silencio de nuevo.
Émi volvía a decidir.
Él se marchó y la niebla caló el corazón de Émi. Y sus huesos. Y sus bolsillos.
Comprendió entonces que, cuando la comodidad se instala en el amor, la caída es inevitable.
Y la comodidad sorprendió a Émi con las manos en los bolsillos.
Y sus encías sangraron como nunca.
domingo, 12 de abril de 2015
Qué buen insomnio si me desvelo sobre su cuerpo.
Caminaba siempre hacia atrás,
y a contra corriente.
Y veía la lluvia caer a cámara lenta,
y el arco iris gritando en cada gota.
Volaba solo con mirar por la ventana
y aterrizaba únicamente para echarse a dormir.
Se bajaba las bragas
cuando la excitación se apoderaba de la parte izquierda de su pecho
(la más grande).
Y se arrancaba el tanga
cuando el amor se atrevía a despeinarla.
Y, en los besos, mantenía los ojos abiertos
solo para ver si el de enfrente los cerraba.
No vestía falda por miedo
a que el viento se pusiese.
Solo miraba hacia la derecha antes de cruzar,
porque había oído que andaba por ahí atropellando libertades.
Y en las curvas, en vez de acelerar, frenaba,
y llenaba de saliva la autopista
(que otros llamaban espalda)
por la que descendía directa al más profondo de los infiernos,
donde se encontraba,
y se abrasaba.
domingo, 29 de marzo de 2015
Mutilación
Y cuando Mario lo vio todo oscuro supo que ya se había acabado.
Que el amor entre los dos había llegado a su fin.
Que ya nunca más la volvería a sentir.
Que ya nunca más podría ser feliz.
El día en que la luz se apagó en la vida de Mario lucía el Sol.
El dolor se apoderó de Mario como si fuese la primera persona en la que se instalaba.
Y Mario rompió a llorar pensando en su futuro oscuro, vacío e incierto.
Porque bien es sabido que Mario sin ella no era nada.
Que Mario existía desde que la conoció.
Y que Mario se había entregado a ella, sin miedos, sin peros.
Y cuando se amaban, el cielo se quedaba pequeño para Mario.
Porque Mario había crecido de su mano.
Le entregó su niñez, su primer beso, su adolescencia, su primer amor y todos los años de madurez que pudo entregarle.
Porque el amor que Mario sentía hacia ella era incondicionado, sin supuestos. Era un amor para siempre y para todas las horas, cada día de su vida.
Incluso si en casa faltaba el dinero o si la salud escaseaba, el amor de Mario no cesaba.
Y se acentuó más en los momentos difíciles.
Y Mario se aferró a ella como solución a todos los problemas, aunque a veces ella fuese parte del problema.
A Mario no le importaba.
Mario nunca la había juzgado.
Por eso Mario no llegaba a entender cómo ella había podido abandonarle de esta forma.
Tan dolorosa.
Sin tan siquiera avisar con 15 días de antelación, para que Mario pudiese prepararse.
Y es que Mario no recordaba su primera palabra, ni sus primeros pasos.
Pero Mario sí recordaba lo primero que escribió.
Y lo mucho que le gustó la sensación que vino después del último verso.
Acababa de perder su virginidad textual.
Y es que el día que la luz se apagó en la vida de Mario, lucía el Sol.
Y Mario no pudo verlo.
No volvería a ver jamás.
Se extinguía así su actividad textual.
Que el amor entre los dos había llegado a su fin.
Que ya nunca más la volvería a sentir.
Que ya nunca más podría ser feliz.
El día en que la luz se apagó en la vida de Mario lucía el Sol.
El dolor se apoderó de Mario como si fuese la primera persona en la que se instalaba.
Y Mario rompió a llorar pensando en su futuro oscuro, vacío e incierto.
Porque bien es sabido que Mario sin ella no era nada.
Que Mario existía desde que la conoció.
Y que Mario se había entregado a ella, sin miedos, sin peros.
Y cuando se amaban, el cielo se quedaba pequeño para Mario.
Porque Mario había crecido de su mano.
Le entregó su niñez, su primer beso, su adolescencia, su primer amor y todos los años de madurez que pudo entregarle.
Porque el amor que Mario sentía hacia ella era incondicionado, sin supuestos. Era un amor para siempre y para todas las horas, cada día de su vida.
Incluso si en casa faltaba el dinero o si la salud escaseaba, el amor de Mario no cesaba.
Y se acentuó más en los momentos difíciles.
Y Mario se aferró a ella como solución a todos los problemas, aunque a veces ella fuese parte del problema.
A Mario no le importaba.
Mario nunca la había juzgado.
Por eso Mario no llegaba a entender cómo ella había podido abandonarle de esta forma.
Tan dolorosa.
Sin tan siquiera avisar con 15 días de antelación, para que Mario pudiese prepararse.
Y es que Mario no recordaba su primera palabra, ni sus primeros pasos.
Pero Mario sí recordaba lo primero que escribió.
Y lo mucho que le gustó la sensación que vino después del último verso.
Acababa de perder su virginidad textual.
Y es que el día que la luz se apagó en la vida de Mario, lucía el Sol.
Y Mario no pudo verlo.
No volvería a ver jamás.
Se extinguía así su actividad textual.
lunes, 23 de marzo de 2015
Y tú no estás en la terminal.
En la vida hay olores que te transportan a algún lugar remoto en el tiempo, o igual no tan remoto, pero ya pasado, y, cuando cierras los ojos e inspiras profundamente el olor para sentir lo que en su día sentiste cuando ese aroma invadía aquel lugar, aparece entre tus recuerdos una persona, o incluso varias.
Y es que hay olores, calles, canciones, fechas, fotografías e incluso palabras que en nuestra vida van a quedarse firmadas, con nombre y apellidos. Por mucho que no nos guste, por mucho que nos cueste. Por mucho que nos joda recordar algo que fue y ya no, y que posiblemente no será ya más.
Hay veces que, hasta los más románticos, ven marcada su propia ropa. Porque la llevaron aquel día tan especial. Porque la vistieron aquella noche tan triste.
Y, aunque no queramos darnos cuenta, se trata de esto.
Cada uno de nosotros somos una terminal con fecha de apertura y de cierre, aunque esta última sea una incógnita para la mayoría de nosotros, a la que, con suerte, no van a dejar de llegar viajeros que nos pisarán, nos ensuciarán, pero también nos enriquecerán en todas las manifestaciones posibles de la cultura y ampliarán nuestras fronteras.
Parte de ellos serán aves de paso, que no harán mucho ruido y que intentarán que su estancia sea lo más breve posible.
Solo aquellos lo suficientemente valientes serán capaces de quedarse. No digo para siempre. Simplemente quedarse un tiempo considerado para que, si al final deciden marcharse, nosotros hayamos firmado en su pasaporte.
Y las partidas, si son voluntarias, no son todo lo tristes que nos empeñamos que sean. Quiso irse, ¿no? Si los obligásemos a quedarse ninguno seríamos felices.
Las que más duelen son las inesperadas, aquellas en las que ambos habían encontrado su sitio y, por caprichos de la vida que jamás llegaremos a entender (y que si algún día entendemos nos habremos vuelto locos del todo), nos arrebatan de nuestra terminal a uno de nuestros viajeros más queridos. Aquellos viajeros de los que conocemos a la perfección el sonido de sus pasos y el traqueteo de los ruedines de su maleta. Aquellos viajeros de los que nos gusta y nos resulta agradable el sonido de sus pasos y el traqueteo de su maleta. Aquellos que eligieron nuestra terminal a pesar de las goteras emocionales y de las grietas del recuerdo.
Y es la ausencia de esos pasos y de esa maleta lo que nos duele, porque no estamos preparados para dejar de escucharlos.
Nosotros, inconscientemente, también pasaremos por una, varias o muchas terminales antes de dejar de viajar definitivamente, con todas sus consecuencias.
Debemos entender que cada uno de nosotros somos, a la vez, un punto de partida y un punto de llegada, que general y afortunadamente no coincidirán en la mayoría de los casos.
Y seremos el resultado de todos los souvenirs que nuestros viajeros dejen en nosotros.
sábado, 7 de marzo de 2015
Por si aún no te has enterado, esto no va de mirar.
Miranda vivía esperando algo.
No. Miranda no vivía esperando algo.
Miranda vivía esperando a alguien. Sí, eso es.
A alguien que acabase con todo el sufrimiento que cualquier otro alguien le había causado. A alguien que la abrazase y le dijese "Tranquila. He tardado, pero no pienso irme jamás." y que la besase dulcemente, cosiendo sus heridas para no volverlas a abrir nunca.
A alguien que no repitiese la misma historia de siempre. Miranda se había cansado del mismo guión. Miranda se había cansado de perder, incluso luchando sola. Y hasta el final.
Miranda vivía esperando a alguien que consiguiese hacerla sonreír cuando llorando, sorbiese por la nariz todas sus penas. A alguien que, después de calmarla, no la arrojase de nuevo a su desazón.
Miranda esperaba a alguien que le acariciase el pelo hasta quedarse dormida y, una vez en brazos de Morfeo, le diese un delicado beso, apenas perceptible y se sintiese afortunado al contemplarla.
A alguien que tuviese los cojones suficientes para quererla. Porque querer a Miranda no era fácil, pero merecía la pena.
Miranda esperaba a alguien que valorase los pequeños detalles que la hacían grande. Porque Miranda no era gran cosa, pero cuando se entregaba a alguien valía más que el amor de cualquier drama americano.
Miranda vivía esperando a alguien capaz de dar la vuelta al mundo solo para abrazarla por detrás. A alguien que nadase desiertos y corriese mares para frotar aquella mejilla calada de pequeños trocitos de afilado cristal y para limpiar aquel nudo de su garganta.
A alguien en cuyos ojos pudiese verse reflejada, incluso cuando ese alguien no la estuviese mirando.
Miranda esperaba a alguien que la apoyase en lo suyo, que todavía no sabía qué era. Pero daba igual.
A alguien a quien poder prestar ayuda. A quien poder prestar su vida.
Miranda vivía esperando a alguien que le hiciese el amor por las noches y amanecer con el Sol y sus caricias en la espalda.
A alguien con quien pasar un fin de semana en el sofá y no echar de menos nada.
A alguien lo suficientemente valiente como para querer alojarse en el caos de su cabeza y hacerlo a gusto.
Miranda vivía esperando a alguien que la sorprendiese y ser ella, por una vez, la sorprendida.
Miranda vivía esperando.
No. Miranda no vivía esperando algo.
Miranda vivía esperando a alguien. Sí, eso es.
A alguien que acabase con todo el sufrimiento que cualquier otro alguien le había causado. A alguien que la abrazase y le dijese "Tranquila. He tardado, pero no pienso irme jamás." y que la besase dulcemente, cosiendo sus heridas para no volverlas a abrir nunca.
A alguien que no repitiese la misma historia de siempre. Miranda se había cansado del mismo guión. Miranda se había cansado de perder, incluso luchando sola. Y hasta el final.
Miranda vivía esperando a alguien que consiguiese hacerla sonreír cuando llorando, sorbiese por la nariz todas sus penas. A alguien que, después de calmarla, no la arrojase de nuevo a su desazón.
Miranda esperaba a alguien que le acariciase el pelo hasta quedarse dormida y, una vez en brazos de Morfeo, le diese un delicado beso, apenas perceptible y se sintiese afortunado al contemplarla.
A alguien que tuviese los cojones suficientes para quererla. Porque querer a Miranda no era fácil, pero merecía la pena.
Miranda esperaba a alguien que valorase los pequeños detalles que la hacían grande. Porque Miranda no era gran cosa, pero cuando se entregaba a alguien valía más que el amor de cualquier drama americano.
Miranda vivía esperando a alguien capaz de dar la vuelta al mundo solo para abrazarla por detrás. A alguien que nadase desiertos y corriese mares para frotar aquella mejilla calada de pequeños trocitos de afilado cristal y para limpiar aquel nudo de su garganta.
A alguien en cuyos ojos pudiese verse reflejada, incluso cuando ese alguien no la estuviese mirando.
Miranda esperaba a alguien que la apoyase en lo suyo, que todavía no sabía qué era. Pero daba igual.
A alguien a quien poder prestar ayuda. A quien poder prestar su vida.
Miranda vivía esperando a alguien que le hiciese el amor por las noches y amanecer con el Sol y sus caricias en la espalda.
A alguien con quien pasar un fin de semana en el sofá y no echar de menos nada.
A alguien lo suficientemente valiente como para querer alojarse en el caos de su cabeza y hacerlo a gusto.
Miranda vivía esperando a alguien que la sorprendiese y ser ella, por una vez, la sorprendida.
Miranda vivía esperando.
Y la vida no espera a nadie.
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