Tengo
mariposas en el cuello,
y es tan difícil disimular
cuando miras.
Tengo
un ejército de pestañas
con síndrome de abstinencia
si te callas.
Tengo
el amor en una maceta en el balcón
y le pongo tu risa
para que crezca.
Tengo
vértigo de tus párpados,
nunca estuve acostumbrada
a las alturas.
Tengo
mi centro de gravedad
esperando a que apuntes, dispares
y me tumbes.
Tengo
todos los años que nos quedan
esperando que vengas
para irnos a celebrarlo.
Tengo
desnudez de sobra
para andar descalza
por tu cocina.
Tengo
mariposas en el cuello
y esta vez no quiero disimular
si me miras.
miércoles, 4 de noviembre de 2015
jueves, 24 de septiembre de 2015
If you dare, come a little closer.
¿Tengo que volver a respirar? ¿En serio? ¡Qué cansado es esto! No me gusta, demasiado repetitivo.-Hago una pausa para saciar esta estúpida necesidad biológica.-A veces pienso que los seres humanos estamos mal hechos, como con taras. Bueno, no lo pienso, lo creo. Esta absurda dependencia que tenemos de todo lo que está más allá de nuestra piel consigue perturbarme. No gozamos de autonomía, no seáis utópicos. Probad a no alimentaros, dejad que vuestro estómago aulle hasta devoraros por dentro. Probad a no colmar la sed hasta agrietaros tanto que se os vean los defectos, las malas intenciones y todas esas cosas que nunca os habéis atrevido a decir. Probad a no cubriros ante el frío y comprended por qué Vodka significa agua de vida. Probad a no protegeros del Sol y sentid cómo vuestra piel llora todas vuestras miserias. Probad a no enamoraros. ¡Qué estupidez!-Intento reír.-Lo acabaréis haciendo, no os queda elección. Creo que es la necesidad externa más jodida de todas: cuando tu piel decide que le gusta el roce de aquella otra piel y entonces el hambre, la sed, el frío y el calor son solo amagos de historias de terror que contarías alrededor de una hoguera una noche cualquiera, sujetando una linterna bajo tu barbilla. Esa puta ternura que te nace de vete tú a saber dónde y que tan ridícula se me presenta a veces. Ese quiero más que nunca vas a llegar a saciar. Porque casi seguro que va a faltar algo. No lo escoges. No lo escoges como decides no comerte este postre porque engorda o no tomarte aquella copa porque después vas a conducir. Igual que no escoges respirar.-Agotada, me coloco en la nariz el respirador que hace un rato he retirado y vuelvo a esa cama que tanto odio; porque no es la mía (ni la tuya). Hoy ya he tenido bastante. Oigo cómo las celadoras arrastran el carrito y llaman a las puertas: es la hora de la cena.
jueves, 18 de junio de 2015
Pídeme más.
Vuelve a cerrar los ojos. Pero no de cualquier manera, sino como hacía mucho que no los cerraba; esa forma de cerrar los ojos que viene acompañada de una profunda inspiración que guarda dentro de ti, para siempre, el olor del momento, y tras la que se apoyan los puños cerrados en el pecho de quien está justo delante. Y después solo te queda rendirte, con los ojos cerrados tu frente se posa en aquellos labios que no pueden hacer nada más que besarla.
Se detiene a escuchar aquellos latidos, que suenan igual que cuando ella llama, suavemente, con los nudillos, a la puerta de su casa.
Le encantan esos momentos a cámara lenta (se marea cuando la vida sigue su curso normal, vertiginoso a su parecer).
Él expira lentamente todos sus miedos y la caricia de aquella tormenta sobre su pelo le hace sentir de la misma forma que cuando, desatendiendo a todas las voces del interior del vehículo, saca por la ventanilla la mitad de su cuerpo y el viento llena de oxígeno cada una de sus arterias y su circulación se ve favorecida, y le crece el corazón.
El equilibrio del momento se ve roto por una mano que comienza a recorrer el largo de su brazo, tocando en cada poro de su piel las notas de su canción favorita que siempre consigue erizarla. Y al llegar a su hombro, la melodía queda en pause y cree que su último latido ha sido más fuerte y en todos los lugares de su cuerpo.
Y el volcán, a punto para la erupción, de su interior le provoca un seísmo desde la punta de los pies hasta la raíz del cabello, tirando todas las estructuras emocionales que no resistirán la explosión. Necesita de ayuda humanitaria para reponerse al desastre natural que se cuece en el fuego de sus entrañas.
Y el auxilio le llega desde las playas de sus labios, justo en pleamar. Y las heridas curan apenas sin escocer (o no demasiado). Y una gota de mar se desliza por su mejilla derecha, pero es felicidad.
Abre los ojos: aún no ha habido tormenta pero ya ha salido el arco iris.
martes, 16 de junio de 2015
Que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor.
Lo miré como tantas otras veces había hecho.
Me recreé en ello buscando algo que lo salvase;
Esperanza buscaba algún recoveco sobre su piel para instalarse.
Pero entendí que así no sería.
Que su labio ya no respondía suspirando a mis suspiros,
que ya no había primavera, ni poesía.
Que ya no clavaba su pupila en mi pupila daltónica,
que yo ya no saciaba su curiosidad con un tú.
Que había enmudecido la lira,
falta de asuntos,
que ya solo desafinábamos,
y nos dañábamos los oídos.
Que si hubiese leído un poco,
sabría que de nada sirve
fingir risas que se desmienten
con los ojos.
Que Bécquer se había fugado,
con aquellas golondrinas que jamás volverían a nuestro balcón,
porque nunca estuvieron.
Me recreé en ello buscando algo que lo salvase;
Esperanza buscaba algún recoveco sobre su piel para instalarse.
Pero entendí que así no sería.
Que su labio ya no respondía suspirando a mis suspiros,
que ya no había primavera, ni poesía.
Que ya no clavaba su pupila en mi pupila daltónica,
que yo ya no saciaba su curiosidad con un tú.
Que había enmudecido la lira,
falta de asuntos,
que ya solo desafinábamos,
y nos dañábamos los oídos.
Que si hubiese leído un poco,
sabría que de nada sirve
fingir risas que se desmienten
con los ojos.
Que Bécquer se había fugado,
con aquellas golondrinas que jamás volverían a nuestro balcón,
porque nunca estuvieron.
lunes, 25 de mayo de 2015
Love is the only way
-¿Has cogido las llaves?
-¡Sí!
-¿Y el cargador del móvil?
-También lo llevo conmigo.
-Acuérdate de la botella de agua, por si te entra sed durante el viaje.
-¿Dónde está?
-La metí anoche en la nevera.
Manuela sale de su cuarto arrastrando una pequeña maleta a la que poco le falta para abrirse de golpe y empezar a vomitar calcetines. Se escucha el ruido suave del roce de los ruedines de silicona con el parquet. Ya en la cocina, coge el botellín de agua de la nevera y la mete en su bolso. Se coloca sus gafas de Sol, que hace un segundo estaban sujetándole el pelo, que queda ahora revuelto.
-¡Eres la mejor, mamá!-Le da un beso en la mejilla y se dirige a la puerta.
-¡Llama cuando llegues!-escucha estas palabras justo antes de salir de su casa.
Hoy luce el Sol, no hay nubes. El pelo de Manuela comienza a clarear como cada mes de junio. Llega a la esquina donde ha quedado con Cori y ve su coche aparecer al final de la calle. Se acerca a la carretera y esconde el asa de su maleta para meterla en el vehículo. Cori sale a ayudarla y una vez con el equipaje ya cargado, se besan cariñosamente.
Entran en el coche y Manuela coge de la guantera un CD algo viejo pero que la vuelve loca, lo pone en el reproductor y sube el volumen.
-¿Qué tal has dormido?
-Casi no he dormido, ¡estaba muy nerviosa!
Cori esboza una media sonrisa.
Se conocieron en un concierto hace nueve meses. Manuela había ido con sus amigas para celebrar su cumpleaños y Cori había ido con algunos compañeros de clase. Tenían amigos en común y no les hizo falta nada más.
Manuela mira a Cori conducir y no puede evitar sentirse feliz. Van a la playa. Sus primeras vacaciones. Baja la mirada y, desde los pedales, repasa las piernas de Cori hasta llegar a su cintura, para acabar con los ojos clavados en su cuello: donde siempre empieza el juego.
Cori lo nota y, por un segundo, aparta la vista de la carretera para dirigirse a Manuela:
-Duérmete, anda, aún tenemos un largo viaje por delante.
Manuela se descalza, cruza las piernas, las coloca sobre el asiento y cierra los ojos.
Comienza a pensar.
Les ha explicado a sus padres que Cori es un diminutivo de César, que lo llaman así desde que era muy pequeño. Les ha hablado de los preciosos ojos azules de Cori y de lo alto que es. También les ha contado que juega en un equipo de fútbol y que está haciendo pruebas con otros tantos. Les ha comentado que, cuando salen de fiesta y a ella le empiezan a doler los pies por los tacones, Cori siempre le ofrece sus zapatos y que cuando van al cine nunca se queja si ven algún film romántico.
Ahora, abre los ojos por un instante y mira a su izquierda. Y ve a Cori. A su Cori, que es diminutivo de Coral. Y a los preciosos ojos azules que Cori tiene. Es portera en un equipo de fútbol y tiene alguna oferta de otros clubes (nada que vaya a solucionarle la vida, pero por lo menos reconocen su talento), aunque Manuela sabe que a Cori le costaría mucho marcharse de su equipo actual, pues lleva muchos años jugando con sus compañeras y eso deja huella. Es alta, cuando van a besarse, los ojos de Manuela quedan siempre a la altura de la boca de Cori y le encanta repasar el contorno de esos labios. Es cierto que cuando Manuela ya no soporta sus tacones, Cori le cambia sus zapatos aunque no esté acostumbrada a incrementar su altura. Y nunca tienen problemas a la hora de escoger una película.
Manuela, hija de Guardia Civil y de funcionaria, sigue buscando las palabras adecuadas para describir a Cori, a su Cori. Y espera que, en este viaje, el mar se las susurre a través una caracola.
-¡Sí!
-¿Y el cargador del móvil?
-También lo llevo conmigo.
-Acuérdate de la botella de agua, por si te entra sed durante el viaje.
-¿Dónde está?
-La metí anoche en la nevera.
Manuela sale de su cuarto arrastrando una pequeña maleta a la que poco le falta para abrirse de golpe y empezar a vomitar calcetines. Se escucha el ruido suave del roce de los ruedines de silicona con el parquet. Ya en la cocina, coge el botellín de agua de la nevera y la mete en su bolso. Se coloca sus gafas de Sol, que hace un segundo estaban sujetándole el pelo, que queda ahora revuelto.
-¡Eres la mejor, mamá!-Le da un beso en la mejilla y se dirige a la puerta.
-¡Llama cuando llegues!-escucha estas palabras justo antes de salir de su casa.
Hoy luce el Sol, no hay nubes. El pelo de Manuela comienza a clarear como cada mes de junio. Llega a la esquina donde ha quedado con Cori y ve su coche aparecer al final de la calle. Se acerca a la carretera y esconde el asa de su maleta para meterla en el vehículo. Cori sale a ayudarla y una vez con el equipaje ya cargado, se besan cariñosamente.
Entran en el coche y Manuela coge de la guantera un CD algo viejo pero que la vuelve loca, lo pone en el reproductor y sube el volumen.
-¿Qué tal has dormido?
-Casi no he dormido, ¡estaba muy nerviosa!
Cori esboza una media sonrisa.
Se conocieron en un concierto hace nueve meses. Manuela había ido con sus amigas para celebrar su cumpleaños y Cori había ido con algunos compañeros de clase. Tenían amigos en común y no les hizo falta nada más.
Manuela mira a Cori conducir y no puede evitar sentirse feliz. Van a la playa. Sus primeras vacaciones. Baja la mirada y, desde los pedales, repasa las piernas de Cori hasta llegar a su cintura, para acabar con los ojos clavados en su cuello: donde siempre empieza el juego.
Cori lo nota y, por un segundo, aparta la vista de la carretera para dirigirse a Manuela:
-Duérmete, anda, aún tenemos un largo viaje por delante.
Manuela se descalza, cruza las piernas, las coloca sobre el asiento y cierra los ojos.
Comienza a pensar.
Les ha explicado a sus padres que Cori es un diminutivo de César, que lo llaman así desde que era muy pequeño. Les ha hablado de los preciosos ojos azules de Cori y de lo alto que es. También les ha contado que juega en un equipo de fútbol y que está haciendo pruebas con otros tantos. Les ha comentado que, cuando salen de fiesta y a ella le empiezan a doler los pies por los tacones, Cori siempre le ofrece sus zapatos y que cuando van al cine nunca se queja si ven algún film romántico.
Ahora, abre los ojos por un instante y mira a su izquierda. Y ve a Cori. A su Cori, que es diminutivo de Coral. Y a los preciosos ojos azules que Cori tiene. Es portera en un equipo de fútbol y tiene alguna oferta de otros clubes (nada que vaya a solucionarle la vida, pero por lo menos reconocen su talento), aunque Manuela sabe que a Cori le costaría mucho marcharse de su equipo actual, pues lleva muchos años jugando con sus compañeras y eso deja huella. Es alta, cuando van a besarse, los ojos de Manuela quedan siempre a la altura de la boca de Cori y le encanta repasar el contorno de esos labios. Es cierto que cuando Manuela ya no soporta sus tacones, Cori le cambia sus zapatos aunque no esté acostumbrada a incrementar su altura. Y nunca tienen problemas a la hora de escoger una película.
Manuela, hija de Guardia Civil y de funcionaria, sigue buscando las palabras adecuadas para describir a Cori, a su Cori. Y espera que, en este viaje, el mar se las susurre a través una caracola.
viernes, 1 de mayo de 2015
You were right, Dad.
Su padre se lo había dicho tantas veces, que sus palabras se habían convertido en un eco bastante molesto que había decido instalarse en su cabeza: <<No andes con las manos en los bolsillos>>.
Le explicaba que, si caminaba así y tropezaba, no sería capaz de parar la caída. Y todos sabemos que las encías sangran mucho y con demasiada facilidad.
Pero a Émi le encantaba andar en pijama, zapatillas y con las manos en los bolsillos para sentirse cómoda.
Entendió las palabras de su padre con algo más de veintidós años y medio pero menos de veintitrés.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------
Las manos en los bolsillos para resguardarse del frío y de la niebla que caía sobre el césped del parque.
Arqueó sus ojos para sobreponerse a esa miopía que todavía estaba asimilando y, tras un pequeño esfuerzo, lo vio. Llevaba las manos rojas, sin guantes ni bolsillos.
Émi se acercó sonriendo bajo el gorro de lana que impedía que el poco calor que era capaz de mantener en su interior se escapase por su cabeza.
Se besaron levemente y comenzaron a caminar a la par.
Él la rodeó con uno de sus brazos para mantenerla cerca.
-¿Qué te apetece hacer hoy?
-No lo sé, lo que tú quieras, Émi.
-Últimamente me dejas a mí las decisiones, ¿eh?-sonrió. Estaba tan cómoda con él.
-Siéntete afortunada.
[...]
-Hace tiempo que te lo pregunto y tu respuesta todavía no me convence, ¿va todo bien?
-Sí...¿Por qué lo preguntas, Émi?
-Estamos distintos. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos que, supongo son necesarios. Y ahora estamos bien, pero solo cuando nos vemos. El resto del día, o de los días, es todo totalmente diferente. Estás distante. Sí, eso es, estás distante.
El silencio es la peor respuesta en estos casos.
-Entonces...¿Ya está? ¿Vamos a rendirnos ahora?
Silencio de nuevo.
Émi volvía a decidir.
Él se marchó y la niebla caló el corazón de Émi. Y sus huesos. Y sus bolsillos.
Comprendió entonces que, cuando la comodidad se instala en el amor, la caída es inevitable.
Y la comodidad sorprendió a Émi con las manos en los bolsillos.
Y sus encías sangraron como nunca.
Le explicaba que, si caminaba así y tropezaba, no sería capaz de parar la caída. Y todos sabemos que las encías sangran mucho y con demasiada facilidad.
Pero a Émi le encantaba andar en pijama, zapatillas y con las manos en los bolsillos para sentirse cómoda.
Entendió las palabras de su padre con algo más de veintidós años y medio pero menos de veintitrés.
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Las manos en los bolsillos para resguardarse del frío y de la niebla que caía sobre el césped del parque.
Arqueó sus ojos para sobreponerse a esa miopía que todavía estaba asimilando y, tras un pequeño esfuerzo, lo vio. Llevaba las manos rojas, sin guantes ni bolsillos.
Émi se acercó sonriendo bajo el gorro de lana que impedía que el poco calor que era capaz de mantener en su interior se escapase por su cabeza.
Se besaron levemente y comenzaron a caminar a la par.
Él la rodeó con uno de sus brazos para mantenerla cerca.
-¿Qué te apetece hacer hoy?
-No lo sé, lo que tú quieras, Émi.
-Últimamente me dejas a mí las decisiones, ¿eh?-sonrió. Estaba tan cómoda con él.
-Siéntete afortunada.
[...]
-Hace tiempo que te lo pregunto y tu respuesta todavía no me convence, ¿va todo bien?
-Sí...¿Por qué lo preguntas, Émi?
-Estamos distintos. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos que, supongo son necesarios. Y ahora estamos bien, pero solo cuando nos vemos. El resto del día, o de los días, es todo totalmente diferente. Estás distante. Sí, eso es, estás distante.
El silencio es la peor respuesta en estos casos.
-Entonces...¿Ya está? ¿Vamos a rendirnos ahora?
Silencio de nuevo.
Émi volvía a decidir.
Él se marchó y la niebla caló el corazón de Émi. Y sus huesos. Y sus bolsillos.
Comprendió entonces que, cuando la comodidad se instala en el amor, la caída es inevitable.
Y la comodidad sorprendió a Émi con las manos en los bolsillos.
Y sus encías sangraron como nunca.
domingo, 12 de abril de 2015
Qué buen insomnio si me desvelo sobre su cuerpo.
Caminaba siempre hacia atrás,
y a contra corriente.
Y veía la lluvia caer a cámara lenta,
y el arco iris gritando en cada gota.
Volaba solo con mirar por la ventana
y aterrizaba únicamente para echarse a dormir.
Se bajaba las bragas
cuando la excitación se apoderaba de la parte izquierda de su pecho
(la más grande).
Y se arrancaba el tanga
cuando el amor se atrevía a despeinarla.
Y, en los besos, mantenía los ojos abiertos
solo para ver si el de enfrente los cerraba.
No vestía falda por miedo
a que el viento se pusiese.
Solo miraba hacia la derecha antes de cruzar,
porque había oído que andaba por ahí atropellando libertades.
Y en las curvas, en vez de acelerar, frenaba,
y llenaba de saliva la autopista
(que otros llamaban espalda)
por la que descendía directa al más profondo de los infiernos,
donde se encontraba,
y se abrasaba.
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